Vela Siller Exposición

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Con emoción comienzo este escrito. ¡Han pasado tantos años! ¡Han pasado tantas cosas...! En el baúl de mi corazón, donde guardo lo más importante de mis sentimientos, he rebuscado y ha aparecido mucho de aquellos años en que conocí a Paco Vela Siller. Aquel hombre vital, valiente, astuto, generoso... La sensibilidad colgaba de su vida como un hatillo inseparable en el que iba guardando la ternura. En una entrevista que le hice en noviembre de 1978 le pregunté qué era para él la palabra color; contestaba: “El color es un hechizo, una belleza y algo visible que no tiene realidad, por eso, lo más puro como el mar, el cielo, el campo..., presentan a cada momento un color distinto, para el pintor el color también es una lucha y una conquista”.

Empezó muy joven a pintar. Tuvo que trabajar en distintos quehaceres, pero él no se salió nunca del sendero que lo conducía a su objetivo.

Francisco Vela Siller era un hombre pequeño de estatura, que a duras penas podía contener un inmenso corazón que le rebosaba y que, frecuentemente, lo traicionaba. Para tapar su gesto, intentaba camuflarse tras una barba que, en ocasiones, le daba un aspecto maligno y, en otras, mesiánico. Como vigías de su ser, los ojos. Como faroles de su alma atisbaban a su alrededor. Se clavaban en las cosas y pene- traban en los hombres.

Al volver de la mili construyó su familia. Y construyó una nueva vida. Siempre original, creó un Certamen de Pintura (junto al ayuntamiento), “Cuentolandia”, que fue muy popular. Y con una visión aperturista puso una tienda de decoración, “Junco”, entonces novedad en la ciudad.

Pero sin dejar de sumergir a su sensibilidad en orgías de dicha cuando él se hacía luz, perspectiva... Cuando la fantasía se amancebaba con la melancolía mientras la luz, las sombras intentaban colarse por los cristales.

Como testigos, los encajes. Los cuadros de antaño. Las palanganas. Las paredes viejas. Las puertas de caserones que se abrieron y cerraron a la historia de los hombres. De escalones medio destruidos por el paso de los años y de la vida. Y de esas aves que simbolizan a su ego cuando intentaba separarse del asfalto, queriendo desasirse de los barrotes que lo aprisionaban para poder llegar a lo etéreo.

Es realmente portentoso cómo, en pocos años, logró una obra tan extensa y maravillosa. Ocupando un lugar muy destacado en la pintura del momento.

Y un día los ángeles se llevaron a la felicidad y hermosura eterna a Paco, a Carmen y a la pequeña María y todo se hizo lágrima.

Hoy todo se ha hecho luz ante el recuerdo imperecedero. Sus hijos, con esta exposición, hacen revivir al gran artista y al gran hombre.







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